Declaración de la Independencia Cultural de Nuestra América

Intelectuales, artistas y activistas sociales de los diversos países de América Latina y el Caribe promueven la “Declaración de la Independencia Cultural de Nuestra América”. Proclamada en diciembre de 2016 en Tucumán, Argentina, lleva la firma de varios escritores de Ediciones CICCUS, entre ellos, Mónica Ruffino, Mario Casalla, Enrique del Percio y José Luis Coraggio. “Nuestra propuesta civilizatoria no puede limitarse al pasado de nuestros pueblos indígenas y otras formaciones sociales que también integran la América profunda, pero deberá tomar especialmente en cuenta dichas matrices, incorporando al acervo común lo mejor de su patrimonio cultural y su filosofía de vida. En ello, la tarea de los científicos sociales no sólo consiste en buscar la verdad americana, sino también en pensar el mundo desde aquí, preocupándose por la validez universal de nuestro pensamiento”, expresa la Declaración, a la cual invitamos a sumar su adhesión, en la avanzada por nuestra segunda -y definitiva- Independencia Nuestros Pueblos:

DECLARACIÓN DE LA INDEPENCIA CULTURAL DE NUESTRA AMÉRICA

San Miguel de Tucumán – República Argentina, 13 de diciembre de 2016 – Año del Bicentenario

PREÁMBULO

Considerando en este punto de partida que el Congreso de Tucumán de 1816 abandonó el concepto de Provincias Unidas del Río de la Plata para declarar la independencia de un territorio denominado “Provincias Unidas en Sud América”, una entidad que no existía entonces ni existió después como persona jurídica de derecho público, acto con lo que a nuestro juicio manifestaba su voluntad de abrirse al Alto Perú, allí representado por cinco congresales, y otras regiones de la Patria Grande que desearan sumarse a esta iniciativa libertaria en un sistema federal;

También que esto último se compadece con la propuesta presentada por Manuel Belgrano de instituir una monarquía constitucional regida por un inca peruano, a fin de que los pueblos originarios hicieran suya esa independencia y evitar así la anarquía que ya se avizoraba en nuestro país, y que habría de sangrarlo durante 60 años;

Que Tucumán, además de ser la cuna de la independencia de lo que luego vendría a llamarse República Argentina, fue también el lugar de nacimiento de dos figuras de especial relevancia en el proceso emancipador de Nuestra América: Bernardo de Monteagudo, un hombre de ideales políticos claros que estuvo al servicio de Castelli, San Martín, O`Higgins y Bolívar, realizando fundamentales aportes a la liberación de los antiguos virreinatos del Río de la Plata, Perú y Nueva Granada; y Juan Bautista Alberdi, a quien Leopoldo Zea declararía “padre del pensamiento americano”, sobre todo por los aportes realizados a la edad de 26 años, al afirmar en su tesis para graduarse en jurisprudencia que “un pueblo es civilizado únicamente cuando se basta a sí mismo, cuando posee la teoría y fórmula de su vida, la ley de su desarrollo”, y también que “no hay verdadera emancipación mientras se está bajo el dominio del ejemplo extraño, de las formas exóticas”;

Que Nuestra América, a pesar de las valiosas experiencias políticas, jurídicas, filosóficas y culturales que aportó en el pasado y continúa aportando hoy a la humanidad, sigue siendo una región que aún no se ha definido a sí misma en términos de una civilización, a fines de diferenciarse de las otras que habitan el mundo, como si prefiriera ser un Occidente de segunda, sin enarbolar sus más caros principios ni asumir a conciencia su acción y presencia civilizadora en el mundo;

Que la actual situación estratégica de la región, en la que vemos a la mayor parte de su territorio sometido al dominio político, económico y cultural de Estados Unidos, mediante el ALCA y otras manifestaciones actuales de la Doctrina Monroe de 1823, convierte en irrisorios los festejos que se realizaron este año, pues más bien deberíamos pedir perdón a los congresales que arriesgaron entonces su vida en ese sueño libertario, por haber hecho hoy de la dependencia una virtud y hasta una clave de la felicidad de nuestros pueblos, cuando sabemos que esto sólo beneficia a unos pocos;

Que en un año tal lejano como 1844 escribió Alberdi: “Desde que concluyó la guerra de la Independencia con España, no sabemos lo que piensa la América de sí misma y de su destino: ocupada de trabajos y cuestiones de detalle, parece haber perdido de vista el punto común de arribo que se propuso alcanzar al romper las trabas de la antigua opresión”. Después de 172 años de este planteo, la respuesta, que ya habíamos empezado a articular, vuelve a hundirse en la oscuridad y la incertidumbre;

Que es esta triste situación, junto a una nueva apuesta a la esperanza, lo que nos lleva a firmar y difundir esta Declaración, en tanto intelectuales, artistas y activistas sociales de los diversos países de América Latina y el Caribe comprometidos con la causa de la Patria Grande, hoy en serio peligro. Declaración que no se hace desde ningún poder instituido, sino desde la conciencia del proceso histórico de nuestros pueblos, desde sus luchas libertarias, desde la sangre derramada, desde el clamor de un planeta esquilmado y contaminado por las corporaciones, que ya se siente morir sin que nadie se comprometa a evitarlo con toda la vehemencia que la situación exige, y también desde lo más profundo y legítimo de nuestros sueños colectivos.

DECLARACIÓN DE TUCUMÁN

En base a lo antes expuesto, de cara a esa Patria Grande por la que tantos grandes hombres se sacrificaron sin escatimar su vida –como Hidalgo y Morelos en México; Cañas, Aguilar, Gálvez y Sandino en Centroamérica; y Túpac Amaru, Tomás Catari, Juana Azurduy, Artigas y Sucre en América del Sur, para citar sólo a unos cuantos, además de los ya antes mencionados–,y adoptando el nombre de “Nuestra América” que dio José Martí a la región, tras avizorar el colonialismo cultural que ya entonces padecíamos y seguimos padeciendo hasta hoy, DECLARAMOS a la faz de la Tierra, desde la ciudad de San Miguel de Tucumán, la INDEPENDENCIA CULTURAL DE NUESTRA AMÉRICA, la que debe entenderse sin rodeos como el nacimiento de una nueva civilización, una civilización propia, que se esforzará en conquistar esa segunda y final independencia ya propuesta en 1912 por Manuel Ugarte, quien también hablara de la necesidad de crear “una civilización diferenciada”.

El concepto de civilización nos permite trascender las particularidades concretas de las múltiples culturas de la región e intentar ver en el conjunto de ellas un proyecto distinto, así como entender la continuidad milenaria de nuestros pueblos y construir desde su historia un proyecto alternativo, arraigado en la América profunda, que haga suyos sus sabios principios, capaces de salvar a la humanidad y el planeta. Porque es a la escala de una civilización como se mide la trascendencia de los problemas y se reconoce la potencialidad de un pueblo. Sólo en este marco adquieren sentido y se potencian las formas propias de estructurar la realidad, de acceder al conocimiento del mundo y elaborar redes simbólicas. Si ya todo proyecto nacional debe definirse en términos civilizatorios, resulta aún más inconducente hablar de Nuestra América en términos que no sean de este carácter, es decir, que no propongan una alternativa, un modelo diferente de los que hoy nos dominan, valiéndose de nuestra indefinición y falta de principios rectores.

Nuestra América tiene una historia milenaria, donde no faltaron procesos civilizatorios que asombraron al mundo ni voluntad política de proyectar a nuestros pueblos como entidades diferenciadas, sin que ello implicara cerrarse a otros aportes, tanto de Europa como de África y Asia, que contribuyeron a plasmar aquí nuevas matrices culturales, muchas de las cuales hoy se hallan en serio peligro de diluirse. Nuestra propuesta civilizatoria no puede limitarse al pasado de nuestros pueblos indígenas y otras formaciones sociales que también integran la América profunda, pero deberá tomar especialmente en cuenta dichas matrices, incorporando al acervo común lo mejor de su patrimonio cultural y su filosofía de vida. En ello, la tarea de los científicos sociales no sólo consiste en buscar la verdad americana, sino también en pensar el mundo desde aquí, preocupándose por la validez universal de nuestro pensamiento.

Nuestros pueblos han afirmado ya su comunidad de destino, probada a lo largo de una historia que, al ser escrita –más allá de enfoques parciales o sectoriales– muestra su vocación unitaria, realidad formalizada hoy por la UNASUR, la CELAC y la Alternativa Bolivariana para las América (ALBA), entre otros esfuerzos de integración, como la Asociación de Estados del Caribe, el MERCOSUR y la Comunidad Andina de Naciones, aunque todos ellos están hoy en peligro de apartarse de sus principios fundacionales, por la intervención de poderes enquistados en nuestras sociedades que combaten, valiéndose de medios concentrados que mienten e incriminan falsamente a diario, toda tentativa de integración regional e independencia real. Avanzamos así hacia un nuevo pacto colonial, cifrado en acuerdos que implican un sometimiento voluntario a estructuras de poder manejadas por el panamericanismo norteamericano y otras corrientes de dominación para colonizar nuestra mente y poder así imponer a rajatabla esa concentración de la riqueza y distribución de la pobreza a la que estamos asistiendo, junto a la globalización de la explotación que se opera al profundizar las asimetrías sociales.

Nuestra América no puede ya seguir eludiendo esa opción de hierro ante la que la puso el nuevo milenio: o emerge como una verdadera civilización, consciente de su particularidad y valor universal, y sobre todo armada de un proyecto propio, o queda convertida en algo amorfo, indefinido, despreciado por su falta de madurez y consistencia, así como por su servilismo intelectual y político. Hablar de Nuestra América en términos de una civilización emergente no es algo ilusorio y descabellado, sino el único camino que tenemos de asumir nuestra diferencia en términos de un proyecto que nos asegure un lugar digno en el concierto de las naciones.

La concentración de la tierra en escasas manos significa la expulsión forzosa de las poblaciones campesinas e indígenas, la que además de degradar su sistema ecológico destruye tanto su sociedad como su matriz cultural. Es que estamos ante un nuevo proceso de acumulación de capital por despojo a las comunidades, a las que se expropia sus recursos, a la vez que se corrompe con sobornos y otras artimañas el capital simbólico que se opone a ella. Todo gobierno que diga hacerse cargo de la tradición nacional y popular no puede tornarse cómplice de este saqueo que pone en peligro la identidad y supervivencia de sus grupos sociales, y con ella la posibilidad de florecimiento de nuestra civilización.

Nuestra opción, entonces, es entre la vida, la sabiduría y la paz, por un lado, y por el otro, la “cultura” de la banalidad, la basura y la muerte.

Nadie puede arrogarse el poder de otorgar derechos a la Madre Tierra, sino más bien limitarse a respetarlos, pues ella es la fuente misma de todos los derechos y deberes, como lo entiende el principio del Buen Vivir del mundo andino, convergente con el Tekó Porä del área guaranítica de América del Sur, que se extiende por toda la costa atlántica hasta el Caribe.

Es hora de naturalizar al ser humano y humanizar a la Naturaleza, a la que ya se reconoce como sujeto de derecho. Para que este reconocimiento no se quede en el limbo de las buenas intenciones, se torna necesario imprimir un fuerte impulso al Derecho Ambiental, legislando sobre los principios que plantea la ecología profunda, sin quedarse en esos maquillajes y simulacros que tiñen de verde a los ecosistemas depredados.

El cambio a lo sustentable no puede ser brusco, por los problemas económicos que ello generaría, pero no cabe dilatar más (y nos vemos urgidos por los daños ya provocados por el calentamiento global) el comienzo del proceso de transición hacia una economía y un mundo verdaderamente sostenidos en todos los campos de la producción y en el manejo de los mal llamados “recursos naturales”, porque la naturaleza no es un recurso libremente disponible, sino un ser vivo que debe ser tratado como tal. Dicha transición ha de basarse necesariamente en una descolonización del saber, del hacer y del poder, como el único modo de avanzar así hacia una democratización profunda.

En lo económico, nuestros principios civilizatorios se inclinan hacia lo que la nueva Constitución de Bolivia ha llamado “economía plural”, la que articula la estatal (un Estado fuerte, que interviene, y no títere de los grupos económicos), la comunitaria de los pueblos originarios y campesinos, la social cooperativa, y la privada, a la que se deja un amplio margen de libertad creativa, pero siempre regulada por el Estado para que se ajuste a los principios generales del Buen Vivir y, en el caso de las empresas extranjeras, también al contrato que firmaron. Sumamos a ellas la economía familiar, por su gran arraigo social y por defender una agricultura sustentable en el tiempo de la que además depende nuestra soberanía alimentaria.

Los pueblos de la América profunda no representan un cúmulo de propuestas inviables y perimidas, sino las semillas que harán posible un mundo diferente, justo y sustentable. Entre ellos, debemos incluir a los afro-descendientes, a los que alguien llamó “indígenas importados”, pueblos hoy en franco proceso de emergencia cultural y reivindicación de las valiosas culturas que trajeron y de las que desarrollaron aquí, de fundamental importancia en el Caribe y Brasil. Es por ello preciso abrirse seriamente, en los hechos, y no ya en las meras proclamas de ribetes pluralistas, a esos otros saberes. Ante una modernización etnocida, ecocida y demencial, casada, no ya con la emancipación humana, sino con la sociedad de consumo y una grosera rentabilidad del capital, no queda más que escuchar esas voces verdaderamente sabias y llenas de sentido común. La vigencia plena de los principios del Buen Vivir no sólo deben ser asegurados a nuestros contemporáneos, sino también a las generaciones venideras. Porque se encuentra implícita en ellos la antigua ética andina que manda a los padres legar a sus hijos una naturaleza igual o mejor a la que ellos recibieron de sus mayores, y no degradada ni destruida. Y esta norma tan sabia debería declararse de validez universal.

Todas las constituciones nacionales de la región, e incluso del mundo, deberían incorporar esta sabia filosofía del Buen Vivir (Sumaj Kawsay en el área quechua, homologable al Suma Camaña de los aimaras y el Tekó Porä de los tupí-guaraníes), como un acto de rechazo a todo desarrollismo ajustado a los modelos capitalistas, aunque no, por cierto, de los modelos de desarrollo sostenidos en la realidad ambiental y que no corrompan nuestros valores esenciales, fieles a la evolución moral de la especie humana.

Nuestra propuesta civilizatoria parte de la recuperación y potenciación de los saberes ancestrales en materia ambiental y otros órdenes de la vida, para abrirse luego a ese diálogo que precisa el ecodesarrollo en todos los terrenos de la actividad del hombre. A la barbarie actual del monocultivo se opone una eficiencia productiva cifrada en pequeñas unidades agrarias, fundadas en una biología de la conservación. Ello exige un rechazo enérgico a la creciente ocupación y saqueo del territorio por las corporaciones, lo que ocurre aun en países que optaron por la vía progresista de Nuestra América, lo que implica una llamativa incoherencia. El costo político de estas concesiones al gran capital es una causa, no menor, para explicar el retroceso de la causa libertaria. Tampoco las economías regionales deben subordinarse a las metrópolis nacionales, y menos aún a las extranjeras. El derecho de consulta a las comunidades afectadas, consagrado ya por numerosas constituciones nacionales y en el orden internacional, debe ser respetado a ultranza, haciendo responsables penal y civilmente a los funcionarios que la eludan.

Un mundo limpio requiere el uso creciente de energías limpias y renovables, así como una fuerte inversión en ellas. Tanto la provisión de agua potable como el poder respirar un aire sano, no contaminado, son derechos de todo ser humano, asegurados por numerosas constituciones y documentos internacionales, pero de los que poco se ocupan los gobiernos, al priorizar sus relaciones carnales con la voracidad capitalista. Para hacerlos efectivos, es preciso crear tribunales ambientales a nivel nacional e internacional, como han propuesto los pueblos originarios.

Resulta de fundamental importancia reducir en forma gradual el nivel de concentración de la tenencia de la tierra mediante una distribución más justa de ella, apelando a una reforma agraria o a medidas que la limiten, expropiando los latifundios, y en especial los concedidos a las corporaciones y el capital concentrado. Y sobre todo, desmantelar la concentración mediática, que torna ilusoria la democracia, al ponerse al servicio del capital concentrado y combatir, con falsedades y el ocultamiento de toda información positiva para las mayorías, los intentos de llevar adelante reformas contrarias a sus intereses corporativos.

La lucha por el destino de Nuestra América no puede plantearse hoy en términos de mera resistencia, porque se trata ya, como única forma de evitar el desastre, de pasar a la ofensiva, a fin de recuperar la independencia perdida o nunca terminada de conquistar, y también de aportar modelos para la nueva era que comienza, en los que no tendrán sitio alguno los Señores de la Economía Abstracta.

Estados Unidos unció de hecho nuestra civilización a la suya, sometiéndola a la Pax Americana, impuesta mediante las políticas del garrote, del buen vecino, la Alianza para el Progreso en los años de la insurgencia, y luego la Iniciativa para las Américas, que se proponía unir a todo el continente, desde Alaska a Tierra del Fuego, a su dominio, y cuyo primer paso fue el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (ALCAN), con México (el que retrocedió desde entonces en todos los ámbitos de la vida social y económica) y Canadá. Si bien en noviembre de 2005, en Mar del Plata, el ALCA fue derrotado por el latinoamericanismo, Estados Unidos volvió a la ofensiva con acuerdos bilaterales, la Alianza del Pacífico y la desestabilización de los países que desafían su poder, hasta inclinar en este último año la balanza en su favor, dejándonos así sin un destino manifiesto. Ello viene a ratificar, si falta hace, que el capitalismo está, y estuvo siempre, consustanciado con el imperialismo y el colonialismo, los que se ven potenciados hoy por el proceso de globalización neoliberal y los organismos internacionales que lo sostienen.

A Nuestra América, como nueva civilización que se alza a la faz de la Tierra, le ha llegado la hora de ser, y lo será si se asume como tal y conquista esa Segunda Independencia ya avizorada por Alberdi y demandada años después por el gran chileno Francisco Bilbao, reconocido como “el apóstol de la libertad de América”. Para no repetir la historia, habrá que adoptar una mirada desde abajo, desde esos “pobres de la tierra” a los que cantara Martí en sus versos sencillos, tan ricos de alma y de propuestas profundamente humanas.

Dado en la ciudad de San Tucumán, a los trece días del mes de diciembre de mil dieciséis, año del Bicentenario del Acta la Independencia Argentina, firmada por el Congreso de Tucumán.

FIRMANTES

POR ARGENTINA

Noroeste
Leopoldo Castilla (Poeta, Salta)
Juan Falú (Músico y compositor, Tucumán)
Eduardo Nieva (Abogado, Cacique Comunidad Diaguita de Amaicha del Valle, Tucumán)
Fernán Gustavo Carreras (Filósofo, Pensamiento Regional, Santiago del Estero)
Julio Salgado (Poeta, Santiago del Estero)
Luis Alberto Reyes (Filósofo, Simbología y creencias populares, Catamarca)
Héctor David Gatica (Escritor, La Rioja)
Armando Álvarez (Comunicador cultural colla, Jujuy)
Alejandro Ruidrejo (Filósofo, Filosofía Política, Salta)

Resto del país
Luis Felipe Noé (Artista plástico)
Atilio Borón (Politólogo)
Raúl Zaffaroni (Jurista, Derechos de la Naturaleza)
Osvaldo Bayer (Historiador)
Luisa Valenzuela (Escritora, Centro PEN de Argentina)
Hugo Biagini (Filósofo, Estudios Latinoamericanos)
Mario Casalla (Filósofo, Filosofía de la Liberación)
Norberto Galasso (Historiador)
José Luis Caraggio (Economista social, U. N. General Sarmiento)
Miriam Gomes (Lic. en Letras, Asociación de Inmigrantes de Cabo Verde)
Carlos Cullen (Filósofo, Ética y Filosofía Latinoamericana)
Lola Proaño Gómez (Filosofa, Crítica teatral. Ecuador-Argentina)
Nilo Cayuqueo (Dirigente mapuche)

Enrique Del Percio (Filósofo, Filosofía Política y Jurídica Descolonial, Argentina)
Dina V. Picotti de Cámara (Filósofa, F. Contemporánea, Pensamiento Latinoamericano, Argentina)
Ricardo J. Gómez (Filósofo de la Ciencia y la Tecnología, Argentina)

POR AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

Roberto Fernández Retamar (Poeta y ensayiste, Casa de las Américas, Cuba)
Ticio Escobar (Teórico y crítico del Arte, Paraguay)
Ismael González (Coordinador del ALBA Cultural, Cuba)
Frei Betto (Escritor, Brasil)
Suzy Castor (Historiadora, lucha por la liberación de su país, Haití)
Wilson Pico (Bailarín y coreógrafo, Ecuador)
Fernando Rendón (Poeta, Colombia)
Fernando Pérez (Cineasta y escritor, Cuba)
Edgar Montiel (Historiador y ensayista, Perú)
Gustavo Pereira (Poeta, Venezuela)
Pedro Parodi (Cineasta y antropólogo, Bolivia)
Gloria Guardia (narradora, ensayista y académica de la lengua (Panamá)
Alberto Hijar Serrano (Filósofo, teórico del arte y luchador por la liberación Nacional, México)
Roberto Cassá (Historiador, República Dominicana)
Orlando Vergés Martínez (Antropólogo, Casa del Caribe, Santiago de Cuba)
Sergio Guerra Vilaboy (Historiador, preside la Asociación de Historiadores de Latinoamérica y el Caribe, Cuba)
Elena Poniatowska (Escritora, México)

CONVOCA:

FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
UNIVERSIDAD NACIONAL DE TUCUMÁN – ARGENTINA

Dra. Mercedes Leal de Man

Decana

Mg. Santiago Rex Bliss

Vice Decano

Prof. Segio Robín

Secretario Académico

Prof. Nélida Ángela Sibladi

Secretaria de Coordinación y Fortalecimiento de Grado

Lic. Julia Saldaño

Secretaria de Extensión Universitaria

Prof. Mariana Carlés

Coordinadora de Políticas Comunicacionales

GRUPO DE TRABAJO

Adolfo Colombres
Mónica Ruffino
Lucas Cosci
Susana Herrero Jaime
Laura Szwarc
Matias Ortega
Vanesa Páez
Florencia Páez
Andrea Cáceres
Leonardo Cavalcante
Soledad Márquez
María Sol Colombres
Guillermo Norry
Liliana Demirdian
Nathalie Goldwaser
Fundación Bernardo de Monteagudo

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