Por Yair Arce y Ulises Ferro
Mario Rapoport presentó la reedición ampliada de su novela La muerte no da aviso, que, en el registro del film noir, presenta las intrigas palaciegas de la Argentina preperonista.
El destacado economista e historiador Mario Rapoport presentó su novela La muerte no da aviso. Los secretos del embajador Braden, el sábado 9 de mayo en la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. El panel estuvo integrado por el periodista y escritor Alejandro Tarruella, el historiador y analista político Leandro Morgenfeld y el guionista y escritor Andrés Rapoport, y contó con la moderación del sociólogo Yair Arce.

Partiendo de un crimen, la novela escruta desde distintos ángulos la figura de Spruille Braden, un personaje singular cuya derrota política marcó la historia argentina en una dirección opuesta a la que pretendía impulsar. El crimen, ocurrido a principios de los años 70, se convierte en una excusa para bosquejar críticamente una etapa central del siglo XX.
Esta reedición ampliada y corregida de aquella publicada en 2017 aparece en una coyuntura más que oportuna debido a la marcada subordinación de nuestro país con la política exterior de los Estados Unidos. El libro, además, sintoniza con momentos en los que el belicismo es la lengua dominante de la geopolítica mundial y los sótanos de las democracias irrumpen, espectralmente, en los discursos públicos.
Mucho antes que Spruille Braden fuera designado en 1945 por el presidente Roosevelt como embajador en la República Argentina, el diplomático ya había tenido experiencia en Colombia y Cuba –donde tejió alianzas con los gobiernos y políticos conservadores–, además de tener fuertes intereses económicos en la región. Una muestra de ello es el papel que jugó en la Guerra del Chaco. Férreo defensor de los intereses de la Standard Oil of Bolivia, compañía fundada por su padre, participó como delegado norteamericano en la Conferencia de Paz realizada en Buenos Aires en 1936. Poseía las habilidades que todo integrante del cuerpo diplomático debe tener: conocer una región estratégica para su país, dominar el español y contar con experiencia en el ámbito empresarial.
Sería en la Argentina donde Braden protagonizaría los hechos más recordados de su breve pero altisonante carrera como diplomático norteamericano, antes de convertirse en lobista de compañías extranjeras, influyendo en la política latinoamericana de la misma manera en que lo había hecho antes, esta vez financiado por el sector privado. El objetivo para nada disimulado de Braden era desacreditar al entonces vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón, que ya se perfilaba como posible próximo presidente. El estadounidense se encargó de denunciar los supuestos vínculos que Perón y sus aliados tenían con el nazismo, impulsando el famoso “Libro Azul”, algo así como un antecedente del “Libro negro de la segunda tiranía”, que sería célebre apenas una década después. Perón, que contaba con más simpatías en el pueblo que en la alta política, entendió que una oposición liderada por un extranjero era auspiciosa. En política, a veces algunos enemigos hacen más por uno que los propios aliados. El “Libro azul y blanco” revelaba la influencia estadounidense en el naciente antiperonismo. “Braden o Perón” fue el eslogan de campaña. Ya se sabe por quién se inclinó el pueblo en las urnas.

Entre el submundo urbano y la política palaciega
La novela trasciende el “capítulo argentino” y, a través de distintos personajes, reconstruye un período histórico atravesado por múltiples crisis y disputas ideológicas. Con una prosa, en muchos pasajes, cinematográfica, el detective Rosebud sigue los pasos del embajador en un ecosistema de espías, funcionarios públicos, políticos, mafiosos, anticomunismo, complots e intrigas de todo tipo en plena Guerra Fría. La obra logra apropiarse con creatividad del universo de la novela negra policial combinándola con colores y texturas criollas. A través de la enigmática figura del embajador, accedemos a “la multitud de sombras que lo acechan”, a las entrañas de la cultura política norteamericana, a las miserias –junto con las escasas virtudes– de hombres que delinearon la política exterior hacia América latina desde Washington.
Las historias de los personajes funcionan también como retratos de las ciudades en las que vivieron. El autor encuentra en ellas, como si se tratara de un film noir, el espacio privilegiado de articulación entre el submundo urbano y la política palaciega, con su persistente olor pestilente. Lo abyecto, absurdo y oscuro de la política se reafirma a medida que la historia avanza y adquiere materialidad en episodios como el caso Watergate: una práctica opaca moralmente homologable al narcotráfico y al proxenetismo. Mostrando su costado monstruoso y manipulador, la política realmente existente se aleja de la experiencia de la gente común y se convierte en un marasmo de malas decisiones superestructurales, que con el tiempo, benefician y perjudican a los mismos de siempre. Un sentimiento de época atraviesa la novela: tragedia y tedio prolongado. La política, entendida como invención popular, se convierte en un Godot que nadie espera.
Sin embargo, en los intersticios de la conflictividad social, en los pliegues y márgenes de la política noir, hay lugar para la amistad y el amor. Conocemos la temprana amistad del detective Rosebud y el historiador Brennan: individuos de orígenes y personalidades tan diferentes que conectan por sus formas de ver y habitar el mundo. Rompiendo esquematismos y prejuicios inician su amistad tras reconocerse en una manifestación en defensa de los derechos civiles. También aparece la improbable amistad con Tucho, un lazo sincero entre un argentino y un yanki. Y, por supuesto, la profunda y apasionada conexión entre Rosebud y Carmen, hija de una familia aristocrática salvadoreña.
Desde ese prisma el autor reconstruye los mundos de Braden y sus personajes cercanos, en paralelo con los grandes procesos políticos de la época. La lectura nos impulsa a viajar desde el clima cultural parisino de los años 20, atravesando la espesa bruma de la política estadounidense, hasta la Cuba de los años 40 en plena Segunda Guerra Mundial, o a la histórica movilización popular argentina al aeropuerto de Ezeiza en 1973. Todo ello en una trama donde los acontecimientos históricos se entrelazan con tragedias personales.
La experiencia del viaje atraviesa toda la novela. Para resolver el crimen, el detective Rosebud animado por el afán obsesivo de develar el enigma, emprende la tarea –casi historiográfica– de identificar los potenciales enemigos que el diplomático cosechó en las controversias públicas que protagonizó a lo largo de su vida. La literatura funciona así como dispositivo capaz de revelar parte de la historia inefable del siglo pasado. En este sentido, Marco, amigo historiador de Rosebud, le dice a su colega: “El escenario que describes parece provenir más de la ficción que de la realidad, que muchas veces resulta más complicado de explicar”.
Como toda ficción, esta novela también dice algo sobre quien la escribe. El lector puede asumir, a su vez, el papel de investigador y rastrear en la autobiografía publicada por el autor en 2025 las pasiones, obsesiones, gustos y episodios biográficos que habitan en cada uno de los personajes. No casualmente el propio Rapoport acostumbra comparar la investigación histórica con el trabajo detectivesco.
En suma, el relato se inserta de modo coherente en la vasta producción del autor. Su obra académica se enriquece con el amplio repertorio desde el cual profundizó, a lo largo de su vida, sus intereses y obsesiones. Su estilo ensayístico y polemista, sus denominados “cuentos morales”, la poesía y esta novela complejizan y amplían su legado.



