Reseña

Fernando Delfino Polo, Carlos Astrada y Rodolfo Kusch. Diálogo entre el ser y el estar siendo, Buenos Aires, Ciccus, 2025, 151 páginas.

David Roldán
(UBA, UCEL)

Al eurocentrismo no se lo combate solo señalando, de modo reflejo, la ignorancia del pensamiento no europeo. Junto con ese gesto, es quizá mucho más fecundo detenerse en el aprecio y la cura de las propias tradiciones. El libro de Fernando Delfino Polo, un joven investigador argentino, aporta en esta segunda conducta. Su trabajo revisita el legado filosófico de dos referentes insoslayables del pensamiento argentino y latinoamericano: el cordobés Carlos Astrada y el porteño Rodolfo Kusch.

El libro está dividido en dos grandes capítulos, precedidos de una valiosa introducción. La cuestión ontológica se constituye en la preocupación principal del libro, por la vía abierta por Carlos Astrada en la década de 1930, y continuada por su «discípulo crítico» —si cabe la expresión—, Rodolfo Kusch.

El capítulo sobre Astrada está dividido en las siguientes secciones: «La fenomenología astradiana», «Proyecto y realización de una analítica existenciaria», «Analítica existenciaria» y «Continuación del proyecto de una analítica existenciaria».

En obras tempranas como Idealismo fenomenológico y metafísica existencial (1936), Carlos Astrada ensaya una recepción de la fenomenología, en la cual ya identifica la ruptura o las diferencias entre Husserl y Heidegger. Afirma Fernando Polo —con el auxilio de Llanos— que Astrada asume el proyecto heideggeriano de pensar el sentido del ser debido a que considera que la intencionalidad husserliana «no es una estructura originaria del existente humano» (p. 50). Allí se toma la decisión clave en el programa astradiano y kuscheano a la vez: dejar de lado los problemas gnoseológicos para concentrarse en problemas ontológicos.

En el caso de Astrada, la hipótesis es que una analítica existenciaria situada conduce a la filosofía argentina a pensar las estructuras ontológicas del hombre pampeano, tarea a la que se abocará Astrada en El mito gaucho (1948). El filósofo cordobés describe al hombre pampeano para evitar un planteo abstracto del Dasein; se lo debe ubicar en su «ámbito existencial, según sus propios modos de ser» (p. 55). Según Polo, Astrada encontró en la ontología fundamental de Heidegger una alternativa que le permitía tomar distancia tanto de la alta carga cognoscitiva del proyecto husserliano como del existencialismo religioso (Kierkegaard, Unamuno, Marcel) (p. 51). La angustia existencial adopta aquí la forma de una «melancolía pampeana», producida por la dispersión geográfica. La trascendencia del existente humano frente a los entes está dada en Astrada por su idea de «juego», que aparece en obras previas y posteriores: El juego metafísico (1933) y El juego existencial (1942).

En cuanto a la bibliografía secundaria sobre Astrada con la que trabaja Fernando Polo, se destaca la discusión con Carlos Cullen y Guillermo David. Cullen analizó El mito gaucho de Astrada con un abordaje hegeliano que no llegó a profundizarse, dice Polo; Guillermo David, por su parte, niveló el concepto astradiano de ser con el kuscheano «estar-siendo», lo que dejó oculta la dimensión crítica de este último concepto.

El capítulo dedicado a Kusch está organizado en las siguientes secciones: «El momento astradiano de la filosofía kuscheana», «La literatura argentina», «La estética kuscheana», «La ontología kuscheana», «Más allá de América profunda» y «Fundamento y definición cultural».

La seducción de la barbarie (1953) es el primer libro publicado por Kusch y está pensado como un diálogo crítico con su maestro Carlos Astrada. Dice Fernando Polo que si en Astrada el ser se desarrolla en su mundo —el ser del hombre pampeano y la pampa—, en Kusch paisaje y ser se oponen como lo inhumano y lo humano, pero siempre vence el primero sobre el segundo; si en el filósofo cordobés el devenir, lo que ya se es, es el cumplimiento del destino, en el filósofo porteño este no es más que un engaño por parte de lo inhumano para hacerle creer a lo humano que en su libertad puede elegir cuando en realidad no hay más que azar (p. 92).

Como respuesta a la ontología astradiana centrada en la tarea que el gaucho debe asumir, Kusch presenta una «cosmogonía vegetal» en la cual el ser humano está llamado a un rol meramente secundario, vehículo de lo vegetal. El azar ha constituido un paisaje que se «venga» contra el intento urbanizador que, supuestamente, según el destino astradiano, debía orientar al gaucho. Dice Fernando Polo que es «como si Kusch le dijera a Astrada que la amplitud de la pampa obstruye cualquier urbanización por parte del gaucho» (p. 93). La cifra de Kusch pasa por señalar al mestizo: es en el mestizaje donde puede aflorar un verdadero modo de ser, no en el gaucho (p. 98). Junto con esta oposición, otras varias contraposiciones organizan el pensamiento de Kusch, como aquella entre el «ensayista y el científico», la sierra y la llanura, lo vacío y lo lleno, la traición y el desarraigo.

La obra de Kusch deja un importante legado porque significó —y significa— un llamado de atención sobre la fácil asimilación de categorías europeas a la realidad latinoamericana. Incluso en la estética, si bien la «fuerza vital» y el «vitalismo» tienen un rol, lo telúrico —que puede rastrearse hasta Nietzsche, pasando por Martínez Estrada— aparece ahora en la figura de lo indígena o, incluso, en el geometrismo maya.

La ontología kuscheana pasa por describir «lo otro de la ciudad», pero sin dejar de encontrar aspectos rituales y de vínculo con lo «sagrado» en las prácticas citadinas, como el «café de la esquina».

La oposición entre la ciudad y el campo es objeto de una reflexión que incluye una dinámica religiosa. Dice Fernando Polo:

Las ciudades-Estado griegas y Roma son la manifestación de esta transformación. Occidente aparece en el proceso de acuerdo con el cual el cristianismo llega a Roma y empieza a negar el sentido del «estar» que toda religión contiene. Es decir, cuando se empieza a olvidar la concepción según la cual se vive entre los polos de lo fasto y lo nefasto, dando lugar a un escepticismo sobre el mundo. A partir de la separación entre ciudad y campo, Roma se constituye como el ámbito seguro, pulcro, ciudadano, en comparación con la barbarie campesina. Así, el cristianismo pierde el sentido dual que toda religión conlleva (pp. 117-118).

El libro de Fernando Polo se cierra con una puntualización muy importante que invita a trazar con más detalle la historia de la filosofía en la Argentina. La «Filosofía de la Liberación», asociada a los nombres de Dussel, Scannone y Casalla, tiene una importante precuela. Cuando esos jóvenes autores se pronunciaron en el II Congreso Nacional de Filosofía en Córdoba (1971), Kusch ya contaba con cinco libros publicados y muchos más artículos. Astrada, por otro lado, había muerto un año antes. Muchas veces se emparenta a Kusch con la filosofía de la liberación por sus temáticas americanistas. Pero él ya era un hombre maduro cuando los jóvenes autores querían un lugar de enunciación en el ámbito filosófico (pp. 145-146).

¿Cuál sería la relevancia teológica de esta obra? Por un lado, sabemos que Astrada publicó en 1957 El marxismo y las escatologías. Si bien Fernando Polo no analiza con detenimiento esa obra, el presente trabajo constituye una valiosísima introducción al pensamiento de Astrada, como para emprender luego el análisis de esa obra con relevancia teológica explícita.

Ahora bien, por el lado de Kusch la relevancia teológica no podría ser mayor. Cuando Fernando Polo caracteriza el fundamento y la definición cultural en Kusch, afirma lo siguiente:

Esa filosofía del «estar» como preontología tiene en la teología cotidiana que postula Kusch en La negación del pensamiento popular un verdadero programa que contempla la descripción de los modos de ser en América. (…) El «estar» es una de las formas del no-ser tanto como la nada hegeliana y el ahí del ser heideggeriano. Pero, a diferencia de los autores de la filosofía occidental, el estudio del «estar» no parte desde el ser (p. 132).

La gran apuesta de Kusch es por una «teología cotidiana», concebida de modo diferente a la dialéctica hegeliana. Dice Fernando Polo:

Kusch plantea la necesidad de una nueva disciplina filosófica, a la que llama «teología cotidiana» o «teología popular», que estudie los «operadores seminales» como constitutivos de una forma de conocimiento en la que se conjugan polos de una contradicción que no logran superarse. En este sentido construyen una dialéctica diferente a la hegeliana (p. 135).

Este proyecto implica la invitación a abrirnos a un «más allá» de lo racional, de lo consciente y afirmativo, un más allá que se nos puede presentar en la dinámica propia de una revelación. El azar nos conduce a encontrar dioses: «Aceptar que hay un margen azaroso que no entra dentro de las especulaciones racionales concebidas conduce, según Kusch, siempre a encontrar dioses, es decir, una teología» (p. 139). Esta teología cotidiana que Kusch vislumbra opera más allá de la lógica «causalista», privilegiada en la cultura occidental.

En suma, recomendamos ampliamente la lectura de este libro de Fernando Delfino Polo como una puerta de entrada a la filosofía argentina, con relevancia para pensar los desafíos de la teología en un contexto que aún no ha superado los problemas que dieron origen a estas reflexiones.


Correo electrónico del autor de la reseña: droldan@ucel.edu.ar

Disponible en librerías y en www.edicionesciccus.com.ar

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