Por Marina Cavalletti para Página 12
Alguna vez el poeta salteño Santiago Sylvester afirmó que aquello que se conoce comúnmente como literatura nacional, es en realidad una sinécdoque, donde se toma la parte por el todo. Esa totalidad global, deja afuera, amputa muchas voces, y predominan las porteñas.
En una línea similar, Chacho Matthews, oriundo de Ledesma, editó recientemente una recopilación actualizada por él mismo, de tres de sus libros. Allí, repone “las historias de los pueblos, y para darle lugar a las voces silenciadas” y asegura que su escritura es producto de la interacción con diversos colectivos sociales del NOA.
Así, el trabajo del jujeño, que en el libro se define como nativo y habitante del Noroeste Argentino, tiene una forma muy particular de contar, vinculada con “la idiosincrasia andina, muy atravesada por las culturas de los primeros habitantes de la zona, ergo, nuestra lengua tiene una fuerte impronta de la gramática y las voces del quichua, el aymara y el kakán” y por ello incluye un valioso glosario de términos diversos.
En el prólogo, Celia Bauab advierte que la recopilación reúne cuentos que “son una mirada a un mundo donde lo real, lo fantástico y la historia son una unidad. No hay certezas, solo interpretaciones de realidades pasadas que se repiten en la historia”.
En ese contexto y en un extenso diálogo, este obrero de las palabras reflexiona sobre sus creaciones, la cosmovisión andina y ese “puñado de historias” que ya se encuentra disponible en las librerías del NOA y también más allá.
—En diciembre del 25 publicaste “Vengo desde el olvido. Cuentos para leer pata pila”. ¿Qué implica la metáfora de esa recepción descalza? ¿También se está así, con los pies en la tierra, cuando se escribe?
—El subtítulo “Cuentos para leer pata pila” significa que se debe leer despojado de todo formalismo acartonado e ir hacia lo auténtico, estableciendo un diálogo entre las culturas del NOA andino y las culturas globales y memorias ancestrales sin jerarquías coloniales. Algunas personas centro-europeístas de la Pampa Húmeda, incluido un presidente de la Nación ―y algunos aún lo dicen―: “nosotros, los argentinos, llegamos de los barcos”, frase expresada desde la Pampa Húmeda. Sin embargo, los del NOA, que también somos argentinos, llegamos a lomo de mula y la mayoría ya estaban desde hacía milenios. En mi caso particular (perdón por lo autorreferencial), mi línea materna llegó desde el Potosí a mediados del siglo XVII ―en la guerra de los calchaquíes contra los invasores― ergo, culturalmente soy aborigen, me saco las ushutas y escribo despojado de preconceptos, desde mi cultura, desde mi narrativa, tratando de integrar la técnica y ciencia contemporánea con el sustrato mítico y regional, sin caer en el pintoresquismo.
—La mayoría de las historias de ese volumen formaron parte de una trilogía anterior: “El olor de la Vida”, “Ya no pasan más los trenes por Perico. Cuentos de la memoria selectiva”. “Mermelada de naranjas agrias. Antología de cuentos” ¿qué encontrarán quienes se acerquen a estas nuevas páginas?
—A los cuentos de cada una de las sucesivas ediciones de la trilogía les fui haciendo la “croquiñol”, les saqué el “miriñaque” y les puse jean y remera, pero los dejé pata pila. Con ese tratamiento, al perder ripios y hojarascas, los cuentos ganaron agilidad para la lectura y, en ese transcurso me salió al paso Enrique Dussel con su concepto de transmodernidad. Transgresoramente no cumplí con el mandato: “Libro publicado no se toca”. No pude con el genio y les metí mano a fondo. Por otra parte, la trilogía fueron ediciones de publicación y distribución local. Después de casi treinta años, es hora que la montonera baje desde el NOA a dialogar con los argentinos del NEA, Cuyo, Patagonia y la Pampa Húmeda. (Qué curioso: pampa es una palabra quichua). Quienes lean estas páginas se encontrarán con personajes que tienen una relación distinta con la naturaleza, lo que se refleja en otra cosmovisión.
—Tenés una escritura donde predomina la síntesis, la cotidianeidad que se mezcla con referencias de la cultura y los diálogos. Hay cuentos que tienen unidad propia y algunos que pueden leerse como continuación de otros ¿Cómo construís esos tejidos de palabras, a partir del desafío de la brevedad?
—Y no hay otra manera que ponerse el overol y laburar, laburar y laburar con hematíes, transpiración y mocos, pa’ decirlo en Tucumano Básico Académico. Es algo así como la tarea del escultor que tiene el bloque, sabe que en su interior está la obra. Con el buril va sacando las esquirlas hasta que la descubre. Bueno con mis cuentos pasa algo parecido. De una imagen, un recuerdo, un diálogo o de algo impensado surge la idea y escribo lo que será el bloque (intuyo que adentro de él está la obra). A partir de allí, burilando con cortes y correcciones la busco hasta que queda expuesta esbelta, limpia o tirada en una montaña de papeles arrugados en un cesto. Apelando a una vieja palabra que está muy usada ―y abusada actualmente―, no conozco algoritmo alguno que por una punta entren palabras y por la otra salga una ficción que contenga (entre otras cosas) la irracionalidad, el temor, la sorpresa y fundamentalmente el factor de la alucinación propio de los humanos y que, hasta lo que sé, no posee aún la IA (No pude evitar que salga el físico). Para escribir, cortar y corregir no uso la IA. Sí la uso para que haga el análisis y crítica literaria de mis cuentos, exigiéndole que sea rigurosa.
—En el ámbito académico y editorial se vincula tu narrativa con la “transmodernidad”, estética que surge desde la periferia para dialogar con la globalización desde lo propio, ¿estás de acuerdo con esa “etiqueta”?, ¿cómo definirías ese carácter ‘transmoderno’ de tus cuentos?
—Salvo honrosas excepciones, lo que diga, haga y piense el ámbito académico, desde hace tiempo me tiene sin cuidado. Mi narrativa se caracteriza por la ruptura de la linealidad temporal. En cuanto a su vinculación con la transmodernidad, sí es así porque mis cuentos encontraron su propia teoría en la filosofía de Dussel. El concepto de narrativa transmoderna, en especial de cuento transmoderno, surgió del análisis de la evolución del cuento a partir de la “Filosofía de la composición” de Poe hasta la actualidad. Revisando mis cuentos con Celia Bauab, que es mi correctora, vimos que no encajaban en la teoría de Poe, había muchas diferencias y nos surgió la pregunta ¿podemos seguir escribiendo cuentos con los cánones de hace casi dos siglos? Como respuesta a ese interrogante escribimos el artículo “Transmodernidad y narrativa: una propuesta estética desde la periferia” que publicó CICCUS donde Celia toma a “Vengo desde el olvido” como prototipo de cuento transmoderno y, dentro de ese artículo, se incluye el trabajo “Escribiendo desde el borde” donde narro cómo llego a postular una nueva categoría de cuento: “El cuento transmoderno” y la subcategoría: “El cuento andino”. Allí decimos que el cuento transmoderno articula lo local con lo global, integrando saberes ancestrales, oralidad, ciencia y tecnología en una visión plural. Hay ruptura de la linealidad temporal, hay dimensión comunitaria y recuperación de la memoria colectiva, todas esas características aparecen en los cuentos de Vengo desde el olvido. Además, en el párrafo final del artículo Bauab manifiesta: “escribir hoy desde el NOA no es solo narrar un paisaje. Es ejercer el derecho a una teoría propia. El cuento transmoderno es, en última instancia, nuestra forma de resolver —a través de la palabra— los desafíos de la vida”.
—Tu estilo privilegia lo anecdótico, la riqueza de las fuentes orales con un gesto que suele darle voz a personajes e historias que muchas veces quedan por fuera de los grandes relatos oficiales de la literatura. ¿Cómo describís el proceso de escucha, de recuperación, de recorte de esas vivencias para convertirlas en ficción sin falsear su autenticidad?
—El sustrato de mi narrativa es producto de mi interacción con diversos colectivos sociales del NOA, principalmente cuando me desempeñé como extensionista del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). Esa interacción me permitió descubrir una nueva visión de la sociedad y de las historias de los pueblos, y para darle lugar a las voces silenciadas por el sistema es que postulé la creación de una nueva categoría ―el cuento transmoderno― basándome en el concepto de transmodernidad de Enrique Dussel. Por otra parte, Ricardo Piglia en sus clases sobre Borges en la Biblioteca Nacional, postula que se lee (por lo tanto, se escribe) situado. Esa manifestación me llevó a preguntarme: el cuento del NOA Andino, ¿debe obedecer a los mismos cánones que el cuento del AMBA? El cuento transmoderno no es sólo un formato estético, sino un acto de descolonización literaria que busca recuperar la función trascendente del relato en el siglo XXI. Estas vivencias sólo encajan dentro de una categoría de cuento para convertirlas en ficción sin falsear su autenticidad, es decir: dentro del concepto de Transmodernidad.
—“Vengo desde el olvido”, tiene una carga muy potente: retoma la famosa zamba y en el libro marca una crítica política. ¿Qué significa para vos, en lo personal y en lo colectivo esa escritura de sentidos múltiples?
—Confieso que para el nombre del libro le robé al Cuchi Leguizamón, las cuatro primeras palabras de “Zamba del Carnaval” que encajan justo en la descripción del olvido y abandono, por parte de Buenos Aires, de la zona donde se libró y soportó la Guerra de la Independencia. Se me ocurre que es la metáfora de la historia argentina, al menos de la del NOA, donde hubo y hay olvidos surtidos. También debo admitir que hay cosas que me salen de adentro, desde mi irracionalidad. Narro historias, pero no puedo impedir que en ellas afloren sentimientos e ideología. Es más, en Vengo desde el olvido ficcionalizo uno de los tantos colapsos de teorías económicas que afectaron y afectan al país y la responsabilidad que les cabe a ciertos sectores. Es ahí donde encaja eso de leer pata pila, para poder llegar a la lectura profunda de la realidad histórica que nos atraviesa desde la conquista hasta la actualidad.




