Pocas discusiones han agitado y agitan tanto la superficie de las aguas latinoamericanas, como las discusiones acerca de su ser, de su identidad. Pasado el período colonial, ha quedado ya bastante lejos de la memoria histórica su otro ser, el anterior a la conquista española, el denominado comúnmente “precolombino”, buscando con ello tranquilizar -mediante el recurso de un sencillo prefijo- algo que siempre se hará presente, sólo que de distinta forma y con distinta suerte. Es éste el pozo profundo de la cultura americana, el manantial oculto desde donde –lo queramos o no, nos avergüence o no- sigue brotando agua hacia la superficie. Agua que a veces refresca, otras molesta y casi siempre duele. Por encima está la pirámide, la construcción aérea sobre ese suelo perforado. La solidez de lo moderno que supimos construir y que generalmente nos enorgullece, aunque muchas veces nos moleste y nos fastidie. Es tan nuestro como lo otro y estas gigantescas, hermosas y desordenadas megalópolis latinoamericanas (el Distrito Federal mexicano, San Pablo, Buenos Aires, Caracas, por citar casos) lo expresan de una manera rotunda y ferozmente bella. Pero tanta solidez está siempre amenazada, acechada; la pirámide está construida sobre el pozo y –contra lo que podría pensarse- se sostienen y se imbrican mutuamente. El agua del uno sube cada tanto a la superficie y le recuerda su existencia; el vuelo de la otra, lo saca de su encierro y lo proyecta con otras formas, diseños y colores. La cultura latinoamericana es ambas cosas: pozo y pirámide. Lastre mítico de lo ancestral y proyección aérea de esa misma piedra. Quien lo ignore podrá estudiarla y recorrerla, pero no comprenderla. Quien pretenda castrarle alguno de sus dos planos o decida unilateralmente la primacía del uno sobre el otro, estará irremediablemente condenado al fracaso, a mayor o menor plazo. Lo primero suele ser tentación de algunos intelectuales; lo segundo de políticos. Es imposible tapar el pozo y vano destruir la pirámide, ambos –a su manera– vuelven a manifestarse, bien como hierba o pasto que, al primer descuido, brota en el borde de nuestras muy modernas calles ciudadanas; bien como arenisca que vuelve amontonarse pasado el furor de la piqueta.
UNA DOBLE Y NECESARIA TAREA
Así, entre el pozo y la pirámide, los latinoamericanos nos dimos a una doble y febril tarea: construir y explicarnos. Construir porque –después de las devastadoras guerras de la Independencia- casi nada quedó en pie y lo poco que quedó, muchas veces no servía para lo nuevo que necesitamos; y explicarnos, porque –junto con la materia colonial- habíamos derrumbado también el viejo orden que les daba algún sentido. Durante los primeros años independientes, primó sin dudas el construir por sobre el explicar. Había que concluir con las amenazas españolas siempre latentes; no nos olvidemos que, dieciséis años después de los primeros hechos revolucionarios (1810), la presencia militar española en América del Sur, focalizada en el Virreinato del Alto Perú, era un hecho concreto y activo: recién en 1824, con la Batalla de Ayacucho, los españoles dejaron de ser una amenaza militar concreta para las jóvenes nacionalidades latinoamericanas. Y así y todo, refugiados en la Fortaleza del Callao, vecina de Lima, resistieron dos años más como lo que eran, fieros y valientes leones. Rodeados por las tropas del mismísimo ejercito patrio.


